Historia del Ganado Criollo Lechero Tropical, por Jorge de Alba.

En el año 1947, cuando Jorge de Alba llega a Turrialba (Costa Rica), había en la estación del Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas, en el incipiente Departamento de Industria Animal, unas 200 cabezas de ganado en 500 hectáreas, entre ellas descubrió unas sumamente uniformes y de un estilo desconocido para él. Ahí empezó a formarse una idea de lo que eran los Criollos lecheros del trópico americano.

Creyó que ese ganado era solo peculiar de Costa Rica. Tenían el pelo extremadamente corto y se los veía sumamente competentes en su habilidad para vivir en esos potreros de mala calidad.
Averiguando le dijeron que habían sido comprados a un intermediario pero que no sabían de donde provenían. Por tradición, todos pensaban que eran de la provincia de Guanacaste, en el Pacifico, donde era más común el ganado Criollo en Centro América.

Recorriendo la zona y al acercarse a un pueblo de tradición lechera donde hacían quesos, encontraron un ejemplar con todas las características que estaban buscando. Ahí estaba, con su pelo corto, cuerpo armonioso, ubre bien hecha, la cara refinada, ausencia de borla en la cola, los aplomos perfectos. Pero era la única. No había más. La llevaron a Turrialba.

En Liberia, la capital de Guanacaste, se encontraron con el Agrónomo Hector Zúñiga, que cuando le contaron lo que andaban buscando, les pidió que le pinten el hierro (marca) de las vacas que había en Turrialba. “Dejen de buscar por aquí. Ese fierro es de Rivas, en Nicaragua”. Así termino la búsqueda dentro de Costa Rica.

“El ganado que aquí ha visto tantos soles,
“Ese Criollo que ahora llena las sabanas,
“Lo trajeron de España los españoles,
“Y hoy alegran el despertar de las mañanas.

Junto al Ingeniero Oscar Echandi hizo el viaje a Nicaragua. No había carreteras, había que llegar en avión. De ahí le facilitaron un Ford T y se encaminaron a la ciudad de Rivas a la vera del lago de Nicaragua. Llegando a sus cercanías, cada vez encontraban, con mayor frecuencia, vacas con el estilo que buscaban, de pelo corto, la característica de mayor valor para su identificación. Pero no había toros. Solo vacas aisladas y casi todas viejas.

También había algunas totalmente inadaptadas, con sangre importada, con cáncer de piel. Y desde luego, otras con cruzamientos sin patas ni cabeza, con sangre cebú; revueltas con las vacas que buscaban.

Al dia siguiente se encontraron con una persona, Hector Lacayo, que también los oriento. Al enterarse de lo que estaban haciendo, les dice: “ustedes andan buscando a don Joaquin Reyna”, del que escuchaban hablar por primera vez, “que hace años habla el mismo lenguaje que ustedes me traen”. Fueron a verlo. Los recibe con cierta reserva, creyendo que eran agentes del gobierno. Igualmente hicieron una cita para visitar su finca a la que se llegaba en lancha alquilada desde San Juan del Sur en el Pacifico. De allí partieron hasta Bahía de la Flor, donde durmieron. A la mañana siguiente los despertó el balido de vacas en el corral debajo de la casa. Estaba lleno de animales completamente uniformes, de un solo estilo, el estilo que andaban buscando.

Don Joaquin les enseño el resto de la finca, toda basada en madera, donde la armonía entre el ganado, el hombre, la selva y las actividades formaban un equilibrio casi independiente de todo. La canoa de hacer el queso era de madera. Los moldes de prensar el queso eran de madera. Estos se ahumaban y salían en carreta hasta el ferrocarril, atravesaban el lago y se iban a vender a Granada y a Managua.

Establecieron una íntima amistad con don Joaquin, quien tenía la visión de que es lo que se podía lograr ordenando los animales que existían en la región. Los más adaptados, los hechos precisamente para ese clima, para esa temperatura y esa adversidad. Porque las sequias en el Pacifico de Centroamérica son tremendas, al grado de tener que soltar, en el tiempo seco, los animales a la selva para que coman lo que encuentren. Desde ese momento la búsqueda de Jorge de Alba resultaria más sencilla si lograban llevar animales de Reyna a Turrialba.

En noviembre del año 1951 llegaron los primeros animales Criollos, a los que siguieron muchos más. Algunos de ellos muy notables, como la vaca llamada “Flor de Mayo” de extraordinarias cualidades, más grande quizás que la mayoría de ellas. Casi el animal ideal y perfecto que andaban buscando.

Se establece en Turrialba un hato formal. Se cuenta con la ayuda de la Fundación Rockefeller para la adquisición de más animales y se va modulando un grupo con características propias combinando varios estilos menores del Criollo que andaban buscando.

En 1960 fallece don Joaquin al que se homenajea y se pone de relieve la gran contribución que había hecho con el hato mejorado que poseía el Instituto en Turrialba. Aunque éste les llevara la delantera en el tiempo de trabajo, luego de visitarlos, supo tomar algunas ideas de cómo administrar el ganado y las aplico en su finca.

Entre los estudiantes que lograron reunir en Turrialba con becas de la Fundación Rockefeller, había varios mexicanos que al regresar a México pensaron en la bondad de unirse en una Asociación y llevar animales de Reyna a su país. Estos estuvieron establecidos en varios lugares de Huasteca y Tampico hasta que en el año 1970 ingresan al predio “El Apuro” donde tuvieron una larga vida. Ejemplo una vaca de 17 años con la peculiaridad, por vieja, de perder el pelo en el espinazo y que se les vea el cuero negro, pigmentado, como debe ser para aguantar el sol.

Vienen circunstancias adversas que los fuerzan a buscar otro predio mejor comunicado, el que encuentran en 1990, cerca de Gutiérrez Zamora de la Cruz y se adquiere a nombre de la Asociación Mexicana de Producción Animal y se lo denomina “El Respiro”. Allí, en octubre de 1991, se realiza la reunión de datos de reproducción más formalmente, con el sistema computarizado central llamado Silfra.

A esa base se envían los datos desde el rancho y se organiza una secuencia de los eventos en la que participa cada vaca. Cuándo nace, cuál es su genealogía, cuanto produce periódicamente y más que nada la suma entera de sus lactancias. Estos datos computarizados organizan todos esos eventos de tal manera que no queden cabos sueltos durante la vida de la vaca. Pero estos en si no hacen genética. Para acercarse a la ayuda de la ciencia genética, éstos deben ser ordenados en lo que acontece con cada uno de los partos de cada vaca en sus elementos productivos y ligados a los eventos que no fueron escogidos por ella.

La vaca eligió ser buena o mala productora, de larga o corta duración, etc. Si todo eso queda anotado en la secuela de los hechos pertinentes, por cada vaca y por cada lactancia, nos vamos acercando a la materia prima con la que va a trabajar el genetista.

En la Escuela de Postgraduados se lleva a cabo una tesis en la que se pueden comparar toros donde unos desplazan a otros y eso les da la confianza de que han avanzado en el sentido productivo, principalmente en lo que son las lactancias a 305 días. La vaca que no alcanza los 305 días por tener lactancias cortas, tiene que competir igualmente con la que si la alcanzo. De esta manera al designar madres de toros que completaban las lactancias, ocurrió un fenómeno de cambio en la población, de tal manera que desaparecieron por completo las lactancias cortas.

Más que nada lo que debería preocupar es la calidad de la leche y la producción total en vida de la vaca. Por fortuna encontraron en la genética molecular el apoyo para descubrir quiénes son los individuos portadores de genes que van a traducirse en mejor calidad de leche.

Si se grafica la historia en un cuadro, se ve que de todos los animales que pasaron por el laboratorio de genética molecular, los Criollos lecheros son los que tienen mayor frecuencia de genes para caseína relacionada con un mayor rendimiento en queso.

En otra tesis se demuestra el cambio ascendente con manejar, durante 30 años, datos de nacimientos tanto de vacas como de toros.

“El becerro que no ha mamado
“Porque la vaca no ha venido
“Y la abuelita lo mantiene
“Con basura del camino
“Porque así le conviene
“Lázalo, lázalo porque si no se va
“. . . . . .

Sin un buen principio no hay un buen final. Este es un buen adagio. El buen principio en ganadería está en el libro del hato. Allí se registra el tatuaje del becerro, el sexo, el padre, la madre. Esto es el origen de muchos otros apuntes que vienen posteriormente, que si hay errores, aquel es el que debe prevalecer sobre cualquier otro. Allí se registran los nacimientos, los servicios con sus fechas, los toros utilizados, etc. También sirve para llevar el inventario del ganado. Y tiene inclusive una parte donde aparecen genealogías de animales sobresalientes, de los toros sobre todo, y a qué tipo de capa caseína pertenecen. Tiene también una tabla de gestación para calcular cuando serán los partos, calcular si son ciertos los servicios que dieron origen a los becerros. Y de ahí se organizan variados apuntes y cálculos.
Se arman otros libros como el de nacimientos, ya no por dia de nacimiento sino separando los machos de las hembras.

Para no andar con la PC a cuestas, en los corrales, se usan unas tarjetas individuales por cada vaca con sus lactancias para que de un golpe de vista se identifique a las superiores de las inferiores. Todo esto comienza con la exactitud del primer apunte.

En estas tareas para el futuro, las Asociaciones de registro tendrán una gran importancia. El genetista no puede hacer ningún avance con datos de animales que no se les conoce con exactitud sus padres, sus madres, sus abuelos, sus bisabuelos. Y porque no ambicionar un horizonte todavía más amplio.

Si pensamos con ambición en el futuro, porque no probar toros de los hatos que no están en México también. Con los que están en el resto de la América Tropical. Todavía persiste el hato de la viuda de don Joaquin Reyna, doña Socorro. También hay un hato en Panamá en manos del Dr. Hector Rux, donde tiene animales con todo el estilo del Criollo lechero tropical, que daría envidia a muchos criadores mexicanos. Lo mismo en el Costeño con Cuernos en Colombia y el Hartón del Valle en el Cauca. Y en Venezuela, en un hato oficial con animales extraordinariamente típicos, en que el pelo corto es tan corto que casi se confunde con la piel.

Recrearse en la perfección del animal adaptado al trópico. También existe un productor privado, Omar Baralt, del que habría que captar sus datos para hacer una mejor genética. Caso contrario, es perder el tiempo. Lo mismo acercarse al hato de la Republica Dominicana, por donde pasaron todas las primeras generaciones de Criollos después de venir de España.

Para gran sorpresa de algunos, hay un hato muy respetable de ganado Criollo en Santa Cruz de la Sierra, en la parte tropical de Bolivia, de la que casi nadie se acuerda que existe. Este hato fue fundado con ayuda del Consejo Británico, quienes enviaron un extraordinario administrador no genetista. El Señor Lapidau Wilkins, quien usara inclusive semen de Turrialba. Del Chaco Paraguayo extrajo un toro para usarlo en el hato. Un animal extraordinariamente hecho al mundo tropical, traído de la seca selva chaqueña. De Alba cuestiona a Wilkins de que iban para atrás con ese animal, que si bien trae la adaptabilidad que se le nota en los ojos y que sirve en absoluta armonía con el medio, su historia trae cero producción selectiva en su genealogía. A lo que el inglés le contesta que a cambio, recupera la adaptabilidad de cierta clase de genética que se les pueda escapar por la celeridad de seleccionar exclusivamente por cantidad de leche. No estuvo seguro de quien tenía razón. Hubiera sido bueno irlo a visitar y ver que sucedió con la sangre de éste amigo del Chaco.

Al ver ese futuro, los mejores toros tendrán la penúltima palabra. La última palabra la tendrán los ganaderos y su capacidad de organizarse. Ellos serán los responsables de que los 30 años de avances genéticos que lograron con el hato de Turrialba no hayan sido en vano.

(Se agradece a quienes hicieron posible la adquisición del primer hato para “El Apuro” y a quienes colaboraron en lograr su progreso. El futuro está en manos de los actuales criadores de Criollo lechero tropical, su Asociación y en particular del Colegio de postgraduados de Montecillos, en quienes queda la responsabilidad técnica.)